Se han dedicado muchos estudios a investigar los aspectos locales del ajuste fino en el sistema solar y la Tierra, necesarios para la supervivencia y el florecimiento de la vida en nuestro planeta. Se infiere razonablemente que el diseño inteligente es la mejor explicación, especialmente al observar la superposición de condiciones que conducen tanto a la supervivencia de la vida en la Tierra como a la posibilidad de que los humanos descubran aspectos fundamentales del universo. El libro recientemente actualizado, The Privileged Planet [El planeta privilegiado], de Gonzalez y Richards, presenta evidencia científica que destaca muchas de estas características ricas en diseño.

El ajuste fino para la supervivencia es esencial para nuestra existencia, y el ajuste fino que facilita el descubrimiento enriquece nuestras vidas al impulsar y satisfacer nuestro conocimiento y curiosidad. Otro aspecto del diseño se hace evidente en nuestro sistema solar cuando observamos los planetas dinámicamente, como objetos que trazan trayectorias a través del espacio y el tiempo.

No hay inmovilidad absoluta

Todos los objetos naturales se mueven por el espacio. No existe la inmovilidad absoluta en nuestro universo, ya sea que nos refiramos a partículas subatómicas o a conglomerados masivos de partículas, como planetas, estrellas y galaxias. Nuestra percepción de si un objeto está en reposo o en movimiento es relativa a nuestro propio movimiento. E incluso si un objeto parece estar en reposo, como una silla en tu habitación, sus átomos constituyentes vibran y se mueven incesantemente entre sí.

Generalmente solo conocemos un promedio estadístico de los movimientos atómicos de una sustancia, cuya amplitud (energía cinética promedio) está relacionada con la temperatura del objeto. Los efectos cuánticos también entran en juego aquí, negándose a cancelar todo movimiento de partículas, incluso cuando la temperatura de un objeto se desploma hacia el cero absoluto.

Los principales objetos macroscópicos de nuestro universo, y especialmente los planetas de nuestro sistema solar, exhiben movimientos que son más fácilmente observables y rastreables a lo largo del tiempo que los movimientos de partículas individuales. Los pasos del Sol, la Luna y los planetas a través de la extensión de los cielos han atraído nuestra atención y despertado nuestro asombro desde que los humanos caminaron por primera vez sobre la Tierra.

Un nivel más profundo de diseño

Desde un modelo geocéntrico hasta el modelo heliocéntrico del sistema solar, y desde órbitas perfectamente circulares hasta elipses delicadamente equilibradas, la comprensión humana de los movimientos planetarios ha avanzado gradualmente a lo largo de los siglos. Sin embargo, para la mayoría de nosotros, un nivel más profundo de diseño se esconde en el gran esquema de la danza planetaria a lo largo del tiempo.

Al examinar cuidadosamente las trayectorias orbitales de los planetas visibles a simple vista, Kepler comenzó a dilucidar el diseño geométrico de nuestro sistema solar. Su conocida primera ley del movimiento planetario establece que cada planeta traza una trayectoria elíptica alrededor de nuestro Sol, con el Sol situado en uno de los dos puntos focales de la elipse. Sorprendentemente, Newton pudo deducir esto matemáticamente gracias a su recién propuesta ley de la gravedad y su ley del movimiento, que relaciona la aceleración de un objeto con una fuerza externa. Las otras dos leyes del movimiento planetario de Kepler, de naturaleza más matemática, también se demostraron con éxito mediante la aplicación posterior de las leyes de Newton.

No hay necesidad matemática

Estudios posteriores de los movimientos orbitales de los planetas revelan patrones geométricos adicionales que, hasta donde sé, no tienen una necesidad matemática dictada por las leyes de la física. Por ello, un campo de estudio interesante sería determinar si la aparente contingencia de las órbitas planetarias es realmente necesaria para la estabilidad a largo plazo de sus órbitas y el mantenimiento de las condiciones de habitabilidad en la Tierra.

Mi ejemplo favorito de diseño geométrico en el sistema solar surge de las órbitas medias de nuestros dos planetas más interiores, Mercurio y Venus (imagen superior). Sus radios orbitales medios son de 0,387 UA y 0,723 UA, respectivamente, donde 1,0 UA (unidad astronómica) es la distancia media de la Tierra al Sol. Podríamos preguntarnos por qué Mercurio y Venus tienen estos radios orbitales particulares (en realidad, estos son los semiejes mayores de sus trayectorias orbitales ligeramente elípticas). Aunque sus distancias al Sol puedan parecer arbitrarias, observamos que se ajustan a un patrón geométrico especial.1

Eric Hedin

Podemos observar este patrón dibujando tres círculos idénticos adyacentes, de modo que cada uno toque a los otros dos. A continuación, dibujamos otro círculo que pase por los centros de los tres círculos que se tocan. Llamemos a esto la órbita media de Mercurio alrededor del Sol, que se encuentra en el centro del dibujo. Finalmente, dibujamos un círculo más grande que encierre a los tres primeros círculos. Llamemos a esto la órbita promedio de Venus alrededor del Sol.

Usando un poco de trigonometría, se puede calcular que la razón entre el radio del círculo mayor y el radio del círculo menor es 1,866. Ahora viene lo divertido: utilizando datos de la NASA para el radio orbital promedio de Venus y Mercurio, encontramos que sus radios orbitales forman una razón de 1,868, ¡lo que coincide con nuestra simple construcción del círculo con una precisión del 99,9 %!

Otro ejemplo de diseño geométrico oculto en nuestras órbitas planetarias se relaciona con los radios orbitales promedio de la Tierra y Marte. Estos se pueden comparar con la geometría de dos pentágonos anidados. Inscriba un círculo dentro del pentágono interior de modo que sea tangente a cada una de las cinco caras de la figura. Llame a esto el radio medio de la órbita terrestre. Luego, circunscriba un círculo mayor de modo que toque los cinco vértices del pentágono mayor. Llame a esto el radio medio de la órbita de Marte. Mediante trigonometría, encontramos que la razón de estos radios es 1,52786, lo que coincide con la razón real de los radios orbitales promedio de estos dos planetas al 99,8 %.

Los dos planetas vecinos más cercanos de la Tierra

Aparece un mayor diseño al mapear el movimiento relativo de los planetas. Considerando la mayor fuerza gravitacional del Sol, cuanto más cerca está un planeta del Sol, más rápido orbita. Como resultado, cada planeta superará y «rebasará» constantemente a cualquier planeta que orbite más lejos del Sol que él. Consideremos los dos planetas vecinos más cercanos a la Tierra: Venus, en el lado orientado hacia el Sol, y Marte, en el lado exterior de la órbita terrestre. Basándonos en sus velocidades orbitales relativas y radios orbitales medios, encontramos una interesante resonancia tres-cuatro. La Tierra tarda el mismo tiempo en dar tres vueltas a Marte que Venus en dar cuatro vueltas a la Tierra (con una precisión del 99,8 %). Ambos eventos duran un promedio de 6,40 años terrestres.

Un número geométrico fascinante es la Proporción Áurea (aproximadamente 1,618), que también es la razón límite de los términos consecutivos en la serie de números de Fibonacci (0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21…). Volviendo al ejemplo de Venus «rebasando» a la Tierra en su órbita, encontramos que Venus orbita a una posición entre la Tierra y el Sol (una «conjunción inferior») cada 584 días, o 219 días más que un año terrestre. La razón de 219/365 = 0,6, por lo que cada vez que ocurre esta alineación, la Tierra y Venus están tres quintos de un círculo más lejos alrededor del Sol. Cinco de estas alineaciones nos devuelven al punto de partida después de 5 × 584 días = 2920 días, u 8,0 años terrestres (que resultan ser 13,0 años de Venus). Los números relevantes en este análisis son 5, 8 y 13, que se encuentran en secuencia en la serie de Fibonacci. Además, la relación entre los períodos orbitales de la Tierra y Venus coincide con el valor de la proporción áurea (99,5 por ciento).

Si Venus girara «normalmente»

Otra curiosidad de Venus es que es el único planeta del sistema solar que gira en sentido inverso, aunque muy lentamente. Venus tarda 243 días terrestres en dar una vuelta sobre su propio eje, un poco más que su período orbital o año de 225 días. El período de rotación de 243 días equivale a dos tercios de un año terrestre, una proporción que no parece explicarse por las interacciones gravitacionales entre la Tierra y Venus. La trama del diseño se complica aquí al combinar el período de rotación de Venus con su período sinódico de 584 días, mencionado en el párrafo anterior. Cada vez que la Tierra y Venus se «besan» en una conjunción inferior, la misma cara de Venus se gira hacia la Tierra (quizás porque siente que es su lado bueno). Esta alineación inesperada solo se debe a la singular rotación retrógrada de Venus; la alineación no ocurriría si Venus girara «normalmente» a la misma velocidad. Se observan diseños geométricos adicionales en las órbitas de los planetas, lunas y asteroides del sistema solar.1 Uno o dos de estos patrones podrían atribuirse adecuadamente a la coincidencia, incluso cuando no se predicen por las interacciones gravitacionales entre los cuerpos en órbita. Pero cuando aparecen múltiples «coincidencias», un observador atento tiene motivos para sospechar que un director ha orquestado las armonías celestiales, quizás por puro placer de crear una obra maestra.

El diseño geométrico en el sistema solar como evidencia de diseño inteligente fue la conclusión a la que llegó Sir Isaac Newton, el científico cuyo trabajo explicó de forma más fundamental la fuerza que limita el movimiento de los objetos en el sistema solar:

Este bellísimo Sistema del Sol, Planetas y Cometas, sólo pudo proceder del consejo y dominio de un ser inteligente y poderoso.

Notas

  1. John Martineau, A Little Book of Coincidence in the Solar System [Un librito de coincidencias en el sisetma solar] (New York: Bloomsbury, 2001).

Artículo publicado originalmente en inglés por Eric Hedin en Science and Culture Today