Lo que sigue es un extracto del nuevo libro Endowed by Our Creator: The Bible, Science, and the Battle for America’s Soul (Dotados por nuestro Creador: La Biblia, la ciencia y la batalla por el alma de Estados Unidos), de John G. West, que explora las verdades perdurables de la Declaración de Independencia mientras Estados Unidos celebra su 250.° aniversario este año.
“Estados Unidos es la única nación del mundo fundada en un credo”, observó el escritor inglés G. K. Chesterton tras visitar Estados Unidos en 1921. “Ese credo se expone con lucidez dogmática e incluso teológica en la Declaración de Independencia; quizás la única pieza de política práctica que es también política teórica y también gran literatura”.
Muchos estadounidenses tienden a pasar por alto la verdadera importancia de la observación de Chesterton. A lo largo de la historia de la humanidad, las naciones se han definido principalmente por su etnia, geografía o religión. Si bien los estadounidenses mantienen algunos de esos vínculos tradicionales, Estados Unidos se ha definido desde el 4 de julio de 1776 en gran medida por su compromiso con un conjunto común de ideas expresado en la Declaración de Independencia.
La Declaración resume estas ideas en 55 palabras que se han convertido en algunas de las más famosas del idioma inglés: «Consideramos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. —Que para garantizar estos derechos, se instituyen entre los hombres gobiernos que derivan sus legítimos poderes del consentimiento de los gobernados─».
Desde la fundación de Estados Unidos, las propuestas de la Declaración justificaron los derechos humanos, el gobierno limitado y la igualdad de trato ante la ley para innumerables personas en todo el mundo. Dichas propuestas también establecieron un estándar mediante el cual los futuros estadounidenses podrían juzgar sus acciones y las de su nación.

Un estatus sagrado
Con el paso de los años, la Declaración ha adquirido un carácter sagrado en la vida cívica estadounidense. En otros países, la gente demostraba su patriotismo peregrinando a las tumbas de sus líderes. En la Unión Soviética y la China comunista, la gente acudía a rendir homenaje a los cuerpos embalsamados de Lenin y Mao. En Estados Unidos, millones de ciudadanos peregrinaban para contemplar un pergamino.
A partir de la década de 1840, la Declaración se exhibió públicamente de forma casi permanente, generalmente en la capital del país. En 1876, regresó temporalmente al Independence Hall de Filadelfia durante la celebración del centenario de la nación en esa ciudad.
A finales de la década de 1940, más de tres millones de estadounidenses acudieron en masa a ver el borrador de la Declaración de Thomas Jefferson, expuesto en el «Tren de la Libertad», una exposición patriótica que recorrió el país sobre rieles.
En 1952, la copia oficial de la Declaración fue trasladada de la Biblioteca del Congreso para exhibirse junto con la Constitución y la Declaración de Derechos en la Rotonda de los Archivos Nacionales, un imponente edificio que se asemeja a un templo griego. La Declaración ha permanecido allí desde entonces. Desde la inauguración de esa exposición, millones de estadounidenses han visto en persona el documento, ahora muy descolorido. Mi primer vistazo a la Declaración fue durante una visita a la Rotonda con mis padres y hermanas en un viaje prebicentenario en 1975. Mi último vistazo al documento fue cuando mi esposa y yo llevamos a nuestros hijos, ya adultos, a ver la Declaración en 2023.
«Todos los hombres son creados iguales»
La Declaración ha permanecido arraigada en el imaginario popular gracias a los medios de comunicación estadounidenses, sus políticos y sus artistas. Desde 1776, la frase «todos los hombres son creados iguales» ha aparecido en periódicos estadounidenses más de 280.000 veces. Presidentes estadounidenses de ideologías políticas tan diversas como Calvin Coolidge y Barack Obama la han ensalzado.
A pesar de su continua prominencia en la cultura estadounidense, la Declaración también ha provocado una feroz oposición a lo largo de los años, tanto que si sus firmantes volvieran de entre los muertos para una visita hoy, podrían encontrar irreconocibles grandes partes del sistema de gobierno estadounidense.
En el momento de su redacción, la Declaración contó con el apoyo de la Biblia, la filosofía e incluso las ciencias naturales. Pero en pocas décadas, nuevas ideas cobraron protagonismo en Estados Unidos, lo que condujo a un ataque frontal contra la visión de la Declaración de igualdad, libertad, derechos inalienables y un gobierno limitado bajo Dios. Como veremos, gran parte de este ataque se libró en nombre de la «ciencia», especialmente de la biología darwiniana.
Según muchos de los críticos de la Declaración, la ciencia demostraba, ahora inequívocamente, que los seres humanos no eran iguales. Tampoco fueron creados por Dios ni dotados por Él de derechos inalienables. Los seres humanos evolucionaron mediante un proceso no-dirigido, y se decía que cualquier derecho que poseían había sido inventado por quienes tenían el poder suficiente para hacerlos valer. Estos derechos solo duraban mientras quienes ostentaban el poder estuvieran dispuestos a concederlos. Además, dado que los seres humanos eran fundamentalmente desiguales, no se debería exigir al superior obtener el consentimiento del inferior. En cambio, las masas deberían ser gobernadas por élites con mayor conocimiento, en nombre de la ciencia.
Ignorancia y ambivalencia
El constante redoble de críticas contra las verdades expresadas en la Declaración ha tenido consecuencias. Mientras Estados Unidos celebra su 250.º aniversario, muchos estadounidenses desconocen su significado o tienen sentimientos encontrados sobre sus enseñanzas. Sin duda, según una encuesta nacional encargada para la redacción de este libro, ocho de cada diez estadounidenses aún afirman la veracidad de las proposiciones de la Declaración sobre la vida, la libertad y la igualdad; sin embargo, menos de cuatro de cada diez estadounidenses aceptan la visión que la Declaración ofrece sobre el origen de nuestros derechos. Menos aún aceptan su interpretación de los propósitos y límites del gobierno.
Además, muchos miembros de las élites estadounidenses, tanto de izquierda como de derecha, parecen haberse opuesto a la Declaración y a la Fundación de Estados Unidos. Según la periodista de izquierda, Nikole Hannah-Jones, los ideales de la Declaración eran una «mentira» porque los Fundadores no los aplicaron a los negros esclavizados. Según el escritor político de derecha Curtis Yarvin (autoproclamado «monárquico radical»), la Revolución estadounidense es una historia «en la que el mal triunfó sobre el bien» y la idea de que los seres humanos nacen o son creados iguales ha sido rotundamente refutada por la ciencia. De hecho, «es difícil imaginar una hipótesis científica más completamente refutada».
Yarvin es un ateo empedernido, pero algunos cristianos albergan sus propias reservas sobre la Declaración. El pensador católico Patrick Deneen escribe con desdén sobre los «llamados a la devoción a las abstracciones de la Declaración y la Constitución», argumentando que ambos documentos se inspiraron en «la Ilustración y las filosofías liberales que… postulaban la existencia de seres humanos radicalmente autónomos en el ‘estado de naturaleza'». El pensador cristiano evangélico Vishal Mangalwadi cree que la Declaración representó un «error fundamental» que condujo al «reinado del terror» de la Revolución Francesa.
A pesar del creciente coro de disidentes, creo que los principios de la Declaración siguen siendo sumamente relevantes hoy en día, si estamos dispuestos a prestarles atención. Pero antes de poder seguir la Declaración, primero debemos comprenderla. Y para ello, necesitamos rescatarla de los escombros acumulados por quienes quieren enterrar sus verdades.
La advertencia de Benjamin Franklin
En mi nuevo libro, Endowed by Our Creator (Dotados por Nuestro Creador), invito a los lectores a acompañarme en un viaje a través del pasado, el presente y el futuro. Investigaremos el significado original de la Declaración de Independencia y consideraremos cómo sus propuestas obtuvieron apoyo tanto de la Biblia como de la ciencia de su época. Descubriremos cómo el darwinismo e ideologías similares se emplearon para socavar la Declaración en nombre de la ciencia, revocando su enseñanza sobre la igualdad, subvirtiendo su comprensión de la libertad y justificando la creación de un estado tecnocrático que nos regula desde la cuna hasta la tumba. Finalmente, analizaremos cómo los nuevos descubrimientos científicos nos están reconduciendo a las verdades consagradas expresadas en la Declaración, y por qué esto es importante.
Más de una década después de la Declaración, los Fundadores de Estados Unidos implementaron su visión de buen gobierno al redactar la Constitución de 1787. Posteriormente, se dice que Elizabeth Powel, de Filadelfia, le preguntó a Benjamin Franklin qué tipo de gobierno se había establecido. «Una república», respondió, y añadió una famosa advertencia: «si puedes conservarla».
Regreso al futuro
Dos siglos y medio después de la Declaración, la advertencia de Franklin es quizás más pertinente que nunca. Muchos observamos el panorama político y social actual y tememos por el futuro de Estados Unidos. Nuestro sistema constitucional está bajo presión. Los lazos de fe, familia y cultura que nos unían se están deshilachando. Entonces, ¿qué podemos hacer?
Cuando se ha tomado un camino equivocado, a veces retroceder es la mejor manera de avanzar.
Si queremos que Estados Unidos recupere su salud, necesitamos reaprender el credo que contribuyó a su grandeza en primer lugar.
Artículo publicado originalmente en inglés por John West Ph.D. en Science & Culture